El arte macabro es un arte exquisito, pues el artista ve belleza en lo bizarro, feo, sangriento y extraño.

El terror no es exclusivo del séptimo arte, los artistas también se nutren de ella para sus creaciones artísticas.

Esa sensación, ese instinto primario, lo hemos vuelto catársis mediante el arte. Si bien es cierto que en algunas personas causa repulsión, es inevitable sentirnos identificadas con ellas. Hablar de sus inicios, de cuál fue la primera obra de arte macabra, resulta complicado pues aún se debate sobre el asunto,  pero muchos historiadores lo fijan  en la publicación de El Castillo de Otranto (1764) de Horace Walpole.

“Otranto Castle”, ilustración de la edición de 1824. Edition Limberd.

Las situaciones que son atemorizantes, eso que nos trauma, nos causa pesadillas la mayoría de las veces son extrapoladas, explotadas para captar la atención buscando como fin la crítica y la denuncia, la cual guarda de una manera exquisita la distancia entre lo real y lo representado.

Es un arte valiente porque es capaz de mirar a la cara al terror propio dándole un toque de ironía, de elegancia, de morbo, hasta lograr popularizarse, tal como sucedió con el monstruo de Frankenstein, que era melancólico y decadente.

The House of Frankenstein

“The House of Frankenstein”, Universal Studios.

Este tipo de arte trastoca el área gris que hay entre la verdad y la mentira, entre la pesadilla y la realidad, es aturdidor, gozoso, sublime.

A través de la historia, el arte macabro ha plasmado la brutalidad y la maldad del ser humano que nos lleva a indagar sobre nuestra propia naturaleza aberrante, que muestra esa furia y violencia desatada a nosotros mismos, que reproducen los hechos más cruentos ocurridas a través del tiempo, hechos que hasta el día de hoy se siguen plasmando en el arte, lo cual revela una humanidad que aún está sumida en la oscuridad, en la guerra, en la violación y en el delito.

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