El niño que no dejó de ser

No recuerdo cuándo fue la última vez que festejé el día del niño, es más, ni si quiera sé cuándo dejé de ser un niño, o peor aún, no sabría decir, con mayor exactitud, si aún me siento como uno. En todo caso podría decirse, de manera casi berrinchuda, cual niño, que aún conservo algo de la esencia que me hacía sentirme libre al zarpar los aires de un avión imaginario y cuyas alas eran del largo de mis brazos.

Los viajes más largos eran de la misma distancia que había entre el gran portón negro de mi casa hasta el parque que quedaba bajando las escaleras del callejón, sin embargo visité varios países, entre ellos la nación de las hormigas rojas y las catacumbas de la señora a la que le tocaba el timbre para después irme corriendo.

En ocasiones aún disfruto de ponerme a jugar con las nubes, aunque ya no les encuentre formas de piratas o tortugas voladoras que se comían al sol; si acaso lo que veo me da suficiente para un suspiro hondo y un momento conmigo mismo.

Ya ni siquiera me da por volar cometas en el mirador que da a la unidad habitacional con suelo de adoquín que, al llover, se encharcaba lo suficiente para poner a navegar la flota de barquitos de papel que  vagaban en busca de sirenas.

Ahora no solo gusto de comer golosinas empalagosas, también le tomé un gusto al vino tinto; dejé por un momento la magia de los cuentos de hadas y ahora escribo un par de cuentos a mis hijos, y al ver sus ojos cerrarse por las noches, me hacen sentir el cariño protector que me daba el beso de mi padre, que ahora es el beso mío de buenas noches que me hace sentirme protegido por tenerlos.

No recuerdo cuándo fue la última vez de festejé el día del niño, lo que sí recuerdo fue cuando dejé de ser uno, al percatarme que el escote de mi maestra, que era discreto, me hacía imaginar lo inimaginable, despertaba en mi un sentimiento extraño al que me fui habituando con el tiempo. Y en el colegio me sentía valiente si me acercaba a aquella chica de nariz pequeña y hoyuelos  en su sonrisa, y era tan inocente al pensar, a mis doce años, que iba a ser la compañera de mi vida y no mi primer lagrima de amor.

Si hay algo que aún conservo, indiscutiblemente, de cuando era un niño, son tres cosas importantes: La capacidad de impresión, que me demuestra cada día que no conozco nada de la vida, la curiosidad, que me hace conocer la vida, y los sueños,  que me hacen imaginar, y recordar cosas, a veces tan simples, como éstas.

Creo que ahora solo soy un niño con responsabilidades y algo de tiempo al que he llamado “experiencia”, pero niño a final de cuentas.