Feliz Día de San Solterín

Irremediablemente tenía que despertar más temprano que de costumbre. Es 14 de febrero y debo ser astuto en mis palabras y creíble en mi actuación, ya que el jefe es un genio del engaño, difícilmente se traga el cuento más mundano que no esté pecando de sencillo ni de exceso de creatividad sobre la enfermedad más común desde que el humano tiene memoria, la gripe. Y ya sé lo que dirán, que nadie irá a la oficina, que es arrogante aquel momento tan oportuno como lo es caer en cama por tantos mocos y estornudos, sigo fiel a la creencia que más vale pedir perdón a pedir permiso; pero mis viejos me educaron a ser siempre feo, fuerte y formal.  Así que más no puedo perder, es un día especial como para dedicarlo al trabajo y no al amor de mi vida, el ser de mis ojos.

Es tan de madrugada que sabía que soportar el frió y gastar una considerable cantidad de plata en las flores menos maltratadas valía suficiente la pena, aunque quizá, eso verdaderamente me pescaría una gripe por culpa del karma de haber mentido a la telefonista de recursos humanos, así que mejor solo limito mis detalles a unos buenos y finos chocolates. Los mismos que compre en la zona gourmet del hipermercado, de envoltura de aluminio pintado de azul eléctrico y en el cual se ve claramente el reflejo de quien lo mira, como si de un gran espejo se tratasen. No hace falta llenarse de cosas innecesarias como el papel lustre con moño para que sea especial, pues me resulta tan elegante que la sola idea me parece un tanto absurda.

Ya que no he comprado flores, me excusaré en la cena de la noche para tapar aquel asunto. Y si acaso no se me hace tarde, podre ir a La Viga y comprar de todos el salmón más fresco. Aún no termino de sacar posibilidades de mi mente sobre cómo lo cocinare. Posiblemente lo haga a la plancha, con un poco de salsa teriyaki y arroz al vapor, o podría partirlo en pequeñas y delgadas rebanas para hacerlas fritas en aquel rebosado tan exclusivo como el de la receta de la casa. No lo sé, solo sé que le encanta comer salmón.

Para acompañar, una copa del espumoso que lleva tiempo empolvándose en la cava esperando a ser abierto. Debió haber sido el presente de las bodas de oro del abuelo, o alguna celebración muy importante, en fin, el añejamiento llegó a su punto y creo que es hora de quitarle el tapón de corcho que ha negado los manjares más preciados a los mortales y los alcohólicos: esas visitas, familiares y amigos que pesquisan por su extraño origen del que ni siquiera yo tengo memoria; pero es, sin duda alguna, aquella etiqueta que le hace demasiado interesante.

Y como cereza en el pastel, aprovechare esta ocasión para deleitarme con el disco de vinilo de la música francesa más romántica en París, ya que es un gusto que, por la gravedad o por el tiempo, rara vez me puedo permitir. Tan solo de imaginarlo, puedo a viva voz visualizar un momento tan íntimo y perfecto para compartir con la persona a quien mi corazón le pertenece.

Terminado el día, al caer la luna y las estrellas que no veo por el esmog, saldré hacia el balcón, el cual por cierto he de limpiar para que este se vea decente, y habré de recostarme a ver las únicas luces que se pueden ver desde el Ajusco, las del paisaje de la ciudad llena de estrés que día a día me despierta a las seis y media de la mañana.  Nada podría culminar mejor que estar así con el ser que más amo en la vida. Incluso de solo imaginarlo no concibo un día más perfecto; ojala solo tuviese con quien pasarlo.


Nota: Mi jefe ha dicho que no.
Quizá sea para después…

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