Mi “jefa” es a toda madre

a toda madre

Al día de hoy no he tenido la fortuna de conocer a una madre como la mía, que a pesar de tener de esposo a un hombre de acero, más que por fuerte, porque era herrero, jamás mostró un solo rastro de debilidad. Podría incluso jurar que era ella, a ojos de la sociedad, quien llevaba los pantalones de la casa. Nunca me intimidé por su temperamento masculino, a decir verdad, aun me cuestiono sobre qué sería de mi si no me hubiera dado mis chanclazos, que bien merecidos los tenía.

Podría decirse que tuve a mi jefa y a mi viejo en el mismo ente, y no porque fuera una madre luchona, dejada y crédula ante la promesa de unos cigarros que no volvieron de la tienda de la esquina. Tampoco es que fuera muy normal tener una madre que rayaba los sesenta y tantos cuando yo solo tenía diez, pero ha sido muy interesante todo lo que en mi ha sembrado.

La primera lección que de ella aprendí  fue su manía por decir las cosas sin andarse con mamadas, escupir la honestidad pensante que en su saliva pulveriza aquellos pelos de la lengua. Después me enseñó a separar la ropa blanca de la oscura, y si la blanca tenia manchas oscuras había que tallarlas a mano, así me sangraran los nudillos, hasta que brillara como perlas; esta costumbre la perdí desde hace tiempo.

Y cuidado me saliera en bicicleta los sábados sin haber planchado cada una de mis prendas. Orgulloso estoy de que a mis siete años era impecable en esos gajes tras el homicidio incendiario de tres camisas de la escuela…

…Ahora que recuerdo la matanza de las telas, viene a mi memoria  que mi madre me enseñó también que el amor era como un pantalón roto del tiro, a la altura geográfica entre el ganso y el asterisco, que bien puedes tirarlo a la basura o coserle una bonita y bien hecha enmendadura. Y yo, como alma joven a quien nunca habían roto el corazón, aprendí el arte del zurcido y unas que otras puntadas mamonas que no sirven cuando me perforan el miocardio.

Fui atendido, criado, alimentado y educado por una mujer que podría ser heroína de las películas posmodernas más progresistas del siglo veintiuno, y a pesar de todo me considero un mal hijo al abandonarle en un asilo atendido por un dueño pocas pulgas, de actitud ególatra y superficial.

Después conocí a la mujer que me parió, pero de ella no tengo mucho que decir. Con el tiempo, eso de la cocinada tuve que aprenderlo con el hambre, y a pesar de ser vistas como raras mis habilidades, estoy seguro de que, por alguna extraña razón, me fueron concedidas para hacer de mi a un verdadero hombre; solo falta encontrar, si es que llega, a la mujer que lo valore.

Así que si a mí me lo preguntas, yo solo pienso que mi jefa, sin duda alguna, es a toda madre.