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Comenzó a escribir sus versos a los 10, su obra está influenciada por Baudelaire, pertenece a la escuela simbolista -decadente-, con una prosa fuerte, una vida tormentosa y violenta plasmada en Una Temporada en el Infierno.

Un maldito que cala profundo, que un día decidió arrojarse de bruces al nihilismo debido a la desilusión del bajonazo a que ciertos ideales no resultaron lo que creyó, podían ser.

Un maldito que para mí tiene algo de frenético y que su existencia de cierta forma giró en el desorden, el exceso y la autodestrucción. Así es la vida de quien todo lo siente con intensidad.

Una Temporada en el Infierno le valió el título que no solo lo marcaría el resto de su vida, también su legado y la eternidad.

“Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde corrían todos los vinos, donde se abrían todos los corazones. Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié”.

Y si hubo un tiempo en el que Rimbaud fue despreciado, hoy es amado con fervor. Ciento veintisiete años después de su muerte, su buzón amarillo instalado a la entrada del cementerio recibe cartas, según su cuidador, Bernard Colin, por lo menos recibe dos o tres por semana. Cartas que no son desechadas, estas demostraciones de inmenso cariño son celosamente guardadas en cajas de zapatos en la pequeña mansión neogótica que vigila el acceso de la última morada.

“A mi Rimbange/ángel Rimbaud…”, “incluso si ya no estás aquí, que sepas que te amaré toda la vida”, “…amor devastado, que tu alma repose en paz en este mundo rechazado” … amores que van de lo dulce y sublime a lo enfermo y extraño.El rincón de Rimbaud, testigo de toda muestra de amor y poesía a todo nivel. “Sin hablar, sin pensar. Iré por los senderos, pero el amor sin límites me crecerá en el alma”.

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