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Por allá de la década de los setenta y ochenta, estaban muy de moda dos juguetes, dos vehículos infantiles, se trataba nada menos que de la avalancha y de la bicicleta, hubo dos marcas que dejaron huella, que marcaron nuestra infancia.

Ahora que pasó el día de los reyes magos, quién no pidió una avalancha o una bicicleta, y no eran cross, ni de carreras, ni nada por el estilo, eran tan sencillas que nosotros mismos le poníamos los aditamentos.

Con la avalancha pasamos los mejores momentos, siempre en compañía de los amigos, de los vecinos; uno manejaba y el otro empujaba. Y era ahí donde empezaba la diversión y a veces el peligro.

Si, pues dependía de cómo te empujaran, que tan fuerte era o que tan leve, incluso, de cómo lo pidieras tú, y en el peor de los casos de lo mala onda o manchado que pudiera ser el amigo.

Si estabas de bajada o de subida, si era una pendiente muy empinada, si era liso el piso, si era en el pleno concreto de las calles, donde saltaban las llantas y saltabas tú con ellas.

Pero todo te divertía, todo te emocionaba, de verdad disfrutabas estando en ella trepado, o empujando, sin medir a veces las consecuencias, muchas veces llegué a caerme, muchas otras, a tirar a los demás, eran tardes inolvidables.Y qué decir cuando iban más de uno en la misma avalancha, ya sean dos o tres, era pura diversión, el control se perdía y allá íbamos a dar.

Y si hablamos de la bicicleta, cuántas historias no recuerdan, me imagino deben ser muchas. Aquí les comento algunas mías.

Nuestra bicicleta, una vagabundo por cierto, nos la trajeron los reyes magos, y digo nos la trajeron porque éramos cuatro hermanos los que la usamos, era azul, un azul marino hermoso, brilloso, con un asiento negro y que en él decía; vagabundo en letras blancas, acojinado.

Ese día, a los vecinos también les trajeron la suya, la de ellos era amarilla, y a dar vueltas y vueltas, a ver que bici era más rápida, que bici hacía las mejores vueltas, las mejores pericias… ¿hicieron el caballito ustedes?  

Era de noche y nosotros seguíamos en la calle, arriba de la bici, hasta que por fin nos metieron, ya a descansar, primero a cenar, pues no habíamos comido nada, aunque hambre no había.Y pensando que al siguiente día, seguían las carreras, los paseos y la sensación de volverte a sentar en aquel asiento acojinado, que la bici tenía.

Foto: Internet.

Y ya sea la avalancha o la bicicleta, pero para nosotros era diversión total, donde eran horas interminables de juego, siempre acompañados de los amigos, que por lo regular eran los mismos vecinos.

Se sudaba, se ensuciaba uno, se rompían los pantalones; de las rodillas principalmente, los codos manchados, y pues no se hacían esperar los regaños, pero bien dicen que lo bailado quien te o quita.

Dentro de los aditamentos de la bici, pues era ponerle algunas cositas en las llantas, adornos en los manubrios, y por si esto fuera poco, se le ponía la botella del Frutsi en la llanta trasera para que hiciera un ruido parecido al de una moto y entonces te hacía creer que tenías una moto y que tú la manejabas.

Ah que recuerdos, y no es que fuera mejor, pero simplemente, me divertí mucho.

Por Arturo Trejo
@cronicabanqueta

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