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La buena música no tiene edad, porque al ser universal por ende es atemporal.

En mi vida nunca ha faltado la música, nunca he estado el suficiente tiempo en silencio, una de esos tantos que llenan el silencio es Camilo Sesto, uno de los cantantes favoritos que se escucha todavía en las tardes a veces grises bogotanas.

Su voz, su lírica, su alma en esas baladas hacen parte de mi cotidianeidad, y cómo no, si marcó una época bella donde la música romántica era visceral, sentida, con cierto dramatismo poético que se apropia de la memoria y se apodera de las cuerdas vocales, porque hay que admitirlo, la mayoría la hemos cantado siguiendo la pista.

La buena música no tiene edad, porque al ser universal por ende es atemporal: el amor, el desamor, los sentimientos nunca envejecen, no pasan de moda, solo florecen como supo florecer la balada de Camilo, junto a la de otros artistas de aquella época.

Los setenta se inundaron con éxitos como ‘El amor de mi vida’, ‘Quieres ser mi amante’, ‘Fresa Salvaje’, ‘Melina’, ‘Algo de mí’, ‘Todo por nada’… que en los ochenta conquistaría el continente americano.

Algunos consideran que por su voz aguda y potente es el Frank Sinatra español. La calidad de su tesitura recorre gran variedad de matices que puede superar las tres octavas, ya que abarca desde la voz bajo hasta tenor. Lo que no se puede poner en duda es el corazón que le puso a cada una de sus melodías.

Hay quien lo tilda de monotemático por cantarle siempre al amor, pero Camilo decía: “… a mí se me ha dado el don de interpretar esas mil formas de amor. El arte es largo (…) y creo que cabemos todos”. Una de esas mil fue la interpretación de Jesucristo Superstar y queda más que clara esa pasión en la interpretación de «Getsemaní». El amor es inacabable, se puede morir de amor, se puede vivir por amor… porque el amor tiene mil formas.

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