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Llegar a la tienda que está muy cerca de la casa y preguntarle a Doña Aurorita, la dependienta de la tienda, “oiga traigo dos pesos, para cuánto me alcanza”, y extendiendo la mano se lo mostraba, sin dejar que ninguna moneda cayera al piso.

“La Tuxpeñita”, era la tienda de Doña Aurorita, y es a la que comúnmente iba, pues era la tiendita de la esquina; aunque después pasó a ser la tiendita de en medio de la calle, dicen que se cambió porque le habían subido la renta, pero era algo que yo aún no entendía.

Si mi mamá me mandaba a comprar jabón para lavar los trastes, era ahí a donde iba, si mis amigos y yo queríamos comprar, era también ahí a donde íbamos todos, tenía el mejor y más extenso surtido en dulces, en refrescos, en botanas, y todo lo que me pedía mi mamá.

Ahora sé que es una tienda, una miscelánea, como se llamaban anteriormente; un lugar donde se exhiben y venden toda clase de productos, en su mayoría para un consumo inmediato, pues se distinguen de las de abarrotes por los productos perecederos, aunque luego también las tiendita de la esquina pueden llegar a venderlos.

Y estas ya tienen una larga historia, también se les puede llamar estanquillos; que eran los lugares donde se vendían, los cigarros y los refrescos o cualquier tipo de bebida, con y sin alcohol.

En el porfiriato, existían unas tiendas llamadas de raya, en estas tiendas, el obrero o peón de la hacienda tenía que hacer sus compras, y de manera forzosa, se vendían granos, semillas, alimentos y hasta ropa y calzado; era una forma de que al patrón se le regresaba su dinero, de alguna forma.

Después se hizo una central, para que todos o una gran mayoría fueran a comprar sus cosas ahí, se le llamo La Central de Abasto, era La Merced, la antigua Merced, ubicada en el Centro Histórico.

Ahora ya está dividido, una es La Central de Abasto, en Iztapalapa, y otra La Merced, en el Centro Histórico.

Pero la ciudad crece, hay más habitantes y se desplazan a todos los rumbos, formando así las colonias y las calles, y empiezan a surgir estanquillos, o pequeñas tiendas, donde se vendía de todo; éstas se surtían en La Merced, así ya no era tan complicado el desplazarse hasta allá, sino en las mismas tiendas que estaban muy cerca de sus casas.

Y la gran mayoría de ellas, se ubicaban en las esquinas, esto para abarcar las dos calles y que la gente los pudiera ver por ambos lados.

Las tiendas que lo tenían todo, desde un refresco, hasta el líquido para desengrasar los trastes difíciles, pasando por las escobas, los trapos de cocina, papel de baño, jabones y muchas latas que contenían alimentos.

Éstas se encontraban con grandes espacios para que uno mismo viera y pidiera su artículo, o podías tomarte el refresco ahí mismo, destapar tus papas y poderlo acompañar. No estaban encerradas ni con rejas donde apenas puedes pasarle el dinero al dependiente y que te entregue el cambio.

Es más, ahora las veo menos, cada día desaparecen más y sin en cambio aparecen otras, con una nueva forma de vender y de exhibir los productos, y hasta de atenderte; ahora, son dos cajas registradoras, en las que solo sirve una, y tardan horrores para que te puedan atender.

Ya no te sabes el nombre de la dependienta o dependiente, según sea el caso; ya no puedes tardarte escogiendo tu dulces porque el de atrás te anda apurando, y uno tiene que esperarse a que le digan “pásale”, para que te puedan cobrar.

Además, los precios en las tiendas de la esquina no son en nada parecidos a aquellas tiendas llamadas de conveniencia; definitivo, no son iguales, pero hay que irse acostumbrando a ellas, pues es la nueva forma de comprar.

Lo que extraño es que ya no volverá a ir por mis dulces con Doña Aurorita, pues ella ya cerro y partió a donde todos vamos a ir.

Por Arturo Trejo
@cronicabanqueta

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