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Los cerillos verdes

Desde 1885, ubicada  en el puerto de Veracruz, al oeste mexicano, La Central han sido los cerillos por tradición de millones de familias mexicanas que, lo sepan o no, cargan en sus manos una cajita llena de historia.

Los cerillos La Central han tenido un lugar específico en la cocina de las familias mexicanas, en el bolsillo del fumador o junto al altar religioso donde un sinfín de devotos encendían una veladora rezando sus plegarias.

Así, la compañía ha permanecido entre nosotros por más de 130 años, trayéndonos más que unos simples fósforos, la diversión en familia de rellenar sus álbumes, o coleccionar la baraja que se formaba cara a carta recortando sus cajetillas.

Ahora, en 2021 la mexicana no ha dejado de reinventarse, y actualmente entra a  la era de la eco-conciencia, que exige que cualquier producto, como un diminuto cerillo, tenga el menor impacto posible en el bien de nuestro planeta.

Mientras un encendedor produce gases tóxicos y tarda hasta 140 años en degradarse, un cerillo lo hace en apenas 117 días (poco menos de cuatro meses), y una caja entera podría tomar menos de 200 días (apenas seis y medio meses).

En esta empresa familiar la visión sostenible se ha llevado un paso más allá en la evolución eco: La Central convirtió sus tradicionales productos en opciones realmente sustentables.

La caja de sus cerillos Clásicos de Lujo, hoy se alza como un verdadero símbolo de sustentabilidad, y se fabrican con papel y cartón reciclados, su acabados incluyen tintas amigables con el medio ambiente, es compostable y se biodegrada en 140 días.

Así entonces, cerillos La Central adoptó como una máxima y así nacen Los Cerillos Verdes, que disminuyen el impacto ecológico. Una caja de cartón totalmente reciclado impresa con una sola tinta biodegradable resguardan 50 piezas, que guardan una visión sustentable y toda la innovación de una compañía mexicana.

Por lo tanto, como decían sus comerciales por allá de de la década de los 50: “Recuérdelo bien: exija siempre, cerillos de La Central”.

Por Fer Moctezuma