fbpx

El Curso de levitación intensivo de Bunbury

La escritora y gestora cultural española Silvia Grijalba ha dedicado unas palabras a Curso de levitación intensivo.

“Curso de levitación intensivo” es un disco de doble filo. Una obra que atrapa y, si no andas con cuidado, te puede noquear o despertar. La impresión más animal que lanza es la de refugio, esa sensación amniótica de flotar. Ritmos lentos complejos, melodías preciosas y de abrazo. Algo cósmico que remite a los Pink Floyd de “The Dark Side of the Moon” (o de Mom, según se mire) patente en “El pálido punto azul” y también a la sensación de digamos el primer sorbo de un té de jazmín por no decir un chute de heroína.

“Curso de levitación intensivo” es un disco que, si uno lo oye sin reparar en lo concreto, es, sin duda, un acompañamiento tranquilizador. Un cobijo que abriga y que calma. Quizá el ejemplo más claro de esto sea “Ezequiel y todo el asunto del big bang” que podría ser una nana para los que no envejecen ni piensan madurar, un vals con algo de balada, con una melodía perfecta, que no se puede ni se quiere olvidar. O “Tsunami”, que hace pensar en aquellas maravillosas producciones de David Fridmann de Mercury Rev o The Flaming Lips donde uno, como aquí, se limitaba a nadar frente a lo inesperado.

No tengo ni idea de si este es el disco más intimista de Bunbury, eso él sabrá, pero de lo que no cabe duda es que al oírlo una se queda indefensa y, por narices, mira hacia dentro. No hay otra.

Eso sí, si aguzas el oído, si en la neblina de esas orquestaciones, de esos saxos certeros y esa belleza con mayúsculas que defiende en “Malditos Charlatanes”, consigue uno salir del encantamiento y escuchar el mensaje, la verdad es que hay mucho donde rascar. En “Malditos…” hay alusiones a los que hablan por hablar, con versos que dejan todo claro: “escribiré contra el olvido/porque mientras yo escribo/otro habla de lo que hago o digo/con aires de superioridad moral/ y una incapacidad total/ para crear algo de belleza/si solo puede desarrollar/destreza para destrozar”.

Una llamada de atención que enlaza con “La gran estafa”, en la que nos habla de los que nos lanzan sermones y nos llega la imagen de los vendedores de crecepelos, con esa melodía tan de spaguetti western. Y todo esto, a su vez, conecta con “El día de mañana”, en la que hay una retahíla de recomendaciones de vida que nos remiten algo que nos suena reciente y que, por otra parte, llevamos muy dentro en un eco de esos consejos maternos del “ponte la rebeca que refresca” pero llevados al extremo. Mensajes que podrían lanzarse gritando, con fondos de guitarras rabiosas pero que no, que se cuentan despacio, sosegadamente, protestando bajito, que suele ser la forma más efectiva de contar lo que a uno no le gusta y de advertir frente al peligro.

Y aunque la tónica general de este disco abocado a hacernos volar lento es la de la calma, hay excepciones. Canciones con un cierto aire gamberro y vitalista como el glam de “El precio que hay que pagar” que suena a canción de post apocalipsis y que lanza la sensación de aún queda mucho por vivir y por salir. Quizá el contrapunto perfecto a una advertencia que nos hace acabar con el principio y con esa frase de “N.O.M” que es algo así como el Nuevo Mandamiento, el momento crucial en el que se abre el loto de los mil pétalos de este manual de levitación: “el nuevo orden mundial/sabe lo que hace/y no lo sabes apreciar”.

Silvia Grijalba Nuevo México. Mes de octubre de 2020.