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Mejor conocido como “El Caníbal de la Guerrero”, José Luis Zepeda fue un asesino, poeta y loco. Aquí su historia contada por un cabrón que no es asesino, pero igual es poeta y loco.

José Luis Calva Zepeda, «El Canibal de la Guerrero».

Nacido un 20 de junio de 1969, en la Ciudad de México, José Luis Calva Zepeda fue un niño que quedó huérfano de padre a los dos años. Aparentemente sufrió de ataques psicológicos por parte de su madre y un abuso sexual que lo marcó de por vida.

José Luis vivió mucho tiempo en las calles, su adolescencia pronto le jugo mal, cuando unió el amor y el desprecio que sentía hacia las mujeres.  Mantuvo relaciones bisexuales, pero fue a las mujeres a quienes les tocó pagar factura de sus problemas mentales. Estudió a nivel medio superior y se casó una vez, para después divorciarse ya teniendo dos hijas.

Se cree que de oficio era taxista, pero vendía y publicaba por su cuenta algunos de sus poemarios y novelas en las calles de la Condesa, el tianguis del Chopo, y la colonia Roma. Entre sus obras se encuentran ochocientos poemas, ocho obras de teatro y diez novelas.

“El Exilio” (Alberto Perea)

Nacido únicamente para ser alimento de los buitres, soy el extranjero que escupe al estanque de los peces y al pozo de los deseos. Me burlo de la vida y me burlo de la muerte, a pesar de mis pesares que envueltos en satín, soy la burla de su pubis y la vergüenza de su madre, solo de mi la calle es el abrigo.

En 2004 conoció a Verónica Consuelo Martínez Casarrubia, con quien tuvo una relación amorosa; tiempo después las cosas se tornarían oscuras, pues los problemas en la pareja tocaron fondo para dar inicio a una carrera criminal, ya que José asesino y descuartizó a su entonces novia, para después abandonar su cuerpo en Chimalhuacán, en Estado de México.

La familia de Verónica puso en pie una denuncia y José se mudó al departamento 17  de la calle Mosqueta #198, en la colonia Guerrero. Se volvió alcohólico, fumador y adicto a la cocaína. Comenzó a obsesionarse con ser madre y gustaba de travestirse estando en casa, tenía además ropa de bebe que le había regalado su madre para las hijas de José, misma que apilaba siempre en una cuna, hasta entonces sus problemas mentales llegaban a tal, que se ponía a contactar a mujeres a través de internet.

“Verónica”  (Alberto Perea)

Sediento de tus besos y sediento de tu sangre, con ganas de besarte y poseerte hasta que sangren tus labios y tus senos. Sediento de tu sangre pesará en mi mente solo la agonía de tu alma. ¡Oh Verónica! De penetrarte estoy sediento, con un cuchillo de cocina que cruce de tu cuerpo como avenida en horas pico, siempre lento.

Portada del «Alarma» donde se informaron los hechos.

Su segunda víctima fue “la costeña” o “la jarocha”, una prostituta a quien después de descuartizar abandonó en Tlatelolco. Aunque se le atribuye este crimen a él, jamás se comprobó que hubiera salido de sus manos. La policía la encontró un 9 de abril.

Tenía un perfil de conducta bastante normal, puesto que sus vecinos jamás sospecharon de él, e incluso lo calificaban como una persona tranquila y muy galante, a quien siempre se le veía con una mujer diferente.  Sin embargo, la realidad era otra; Alejandra Galeana Garavito, una madre soltera que se empleaba en una farmacia, y a quien enamoró con su poesía, fue otra víctima de su instinto psicópata.

Titulo desconocido (José Luis Zepeda)

“Me cediste todas tus partes
Tu aliento, tus uñas y tus ansias
Me vestiste de ti y fui tu ave
Canté tu canto que nunca calla”

Un 5 de octubre, Alejandra se fue de su casa y no volvió. Ella fue descuartizada en la tina de baño de su agresor, y sus múltiples pedazos de cuerpo fueron guardados en este orden: el torso en el armario, sus huesos en una caja de cereal, su piel en el refrigerador, sus manos y su brazos, troceados con maestría, fueron hervidos para, aparentemente, ser consumidos después con una pizca de limón.

José no contaba con que los vecinos, tras el enorme hedor que emanaba de la casa, ya habían alertado a la policía. Solo fue cuestión de tiempo para que los oficiales llegaran y José se supiera perdido; sin embargo no opuso resistencia y dejó que los oficiales catearan su hogar, no sin antes tratar de huir aventándose del balcón de su departamento y echar a correr. Para su mala suerte, un taxi lo atropello.

Lo que encontró la policía fue sin duda nauseabundo, y aparte del cuerpo descuartizado, encontraron libros de brujería, veladoras, cuchillos, muchos de ellos raros, textos de terror escritos de su puño y letra, y un póster de Anthony Hopkins interpretando uno de sus papeles más conocidos, el de un asesino serial.

Debido a su accidente fue trasladado al Hospital de Xoco, donde fue custodiado y obligado a declarar, fue llevado a prisión, y habiéndose mentalizado que pasaría ahí el resto de su vida, se suicidó. Un final bastante cobarde comparado con el de sus víctimas.

Ultima nota de José, dirigida a su madre.

“No sé qué paso por mi vida, pero me perdí, perdí todo lo que tuve y lo que tendría. Dejé ir tus palabras de amor, y aún más, tus noches en vela por cuidar de mi ser. Mientras llorabas yo, indolente, callaba sin más, Tu consejo no servía más para mí, era invencible. Sin darme cuenta me rodee de gente extraña que me dañó más de lo que estaba. Hoy, aquí tras las rejas que me aprisionan, junto al silencio de estos fríos y largos pasillos, te digo con el corazón entre mis manos: no me dejes de ti, y sobre todo, perdóname, mamá.”

Melómano por herencia; bailarín frustrado y con dos pies izquierdos; un vago sin remedio; escritor de dudosa calidad; redactor que olvida comas y acentos; baterista hasta cuatro compases; poetastro (de esos que apestan); cantante de regadera; director de cine y teatro en sus sueños; Pero eso si, a toda madre el vato.