El pulso electrónico del Hi-NRG y su huella eterna

La evolución de la música de los años ochenta no se puede entender sin el impacto sísmico del Hi-NRG, una corriente acelerada y magnética que heredó las cenizas de la era disco para edificar un refugio puramente sintético en las pistas de baile subterráneas.

La década de los setenta representó el periodo de esplendor absoluto para la música disco. Sin embargo, tras los acontecimientos de la infame noche de demolición de discos en julio de 1979 en el Comiskey Park de Chicago, el género comercial parecía sepultado bajo los escombros de la cultura popular. Para las comunidades de los clubes nocturnos, el final de esa era solo significó la antesala de una transformación profunda. De las cenizas de los violines orquestales emergió una corriente acelerada, potente y puramente electrónica que dictaría las reglas del baile durante la siguiente década: el Hi-NRG.

Disco Demolition Night
Una multitud prende fuego a discos rechazados durante la noche de la Demolición de Discos en Comiskey Park, Chicago, el 12 de julio de 1979. Colección del Chicago Sun-Times, CHM; fotografía de Jack Lenahan.

El nacimiento de la energía sintética

Abreviado y pronunciado bajo el concepto de alta energía, este estilo se distinguió como una ramificación de la música disco con un ritmo considerablemente más elevado. Con un tempo estándar que oscila firmemente entre los 120 y 140 latidos por minuto, asentándose de manera habitual en los 127 BPM, el Hi-NRG se consolidó rápidamente en el circuito de clubes de los Estados Unidos, convirtiéndose en la banda sonora predilecta de la escena underground y los centros de liberación artística de la comunidad gay. Figuras fundamentales de la producción como Ian Levine definieron este sonido como una música de baile melódica y directa, desprovista del toque funk tradicional pero cargada de una estructura sumamente digerible.

Ian Levine
Ian Levine, a los 25 años, como DJ en Heaven en 1979, el año de su inauguración.

A diferencia de sus predecesores, esta corriente abandonó por completo los instrumentos clásicos para entregarse a una arquitectura cien por ciento sintetizada. Las composiciones se caracterizaban por líneas de bajo secuenciadas en octavas de sintetizador, interpretaciones vocales de enorme potencia heredadas del rock y ritmos de tarola marcados de manera fija en los tiempos dos y cuatro. Aunque retenía el bombo constante en cuatro cuartos característico de la música disco, el sonido final resultaba mucho más duro, rápido y mecanizado.

Las letras, por su parte, solían transitar entre la ironía irreverente, el sentimentalismo exagerado y sugerentes juegos de doble sentido. Sin embargo, para los asistentes de los clubes analógicos, el contenido lírico pasaba a segundo término mientras las cajas de ritmo mantuvieran encendida la vibración de la pista.

Pioneros en los laboratorios de la noche

El origen geográfico de esta revolución electrónica se sitúa a finales de la década de los setenta en la ciudad de San Francisco. Fue en esos recintos urbanos donde el joven productor y diseñador de iluminación Patrick Cowley comenzó a experimentar de manera apasionada con los primeros modelos de sintetizadores analógicos, tales como el Buchla, el Serge y el Mellotron. Con apenas 21 años, Cowley había abandonado su natal Buffalo en la costa este para viajar como mochilero hacia California, atraído por la legendaria atmósfera de contracultura, tolerancia y activismo social que definía a la bahía de San Francisco en los tiempos de Harvey Milk.

Patrick Cowley
Patrick Cowley, creador del “Sonido de San Francisco”, en su estudio. Foto: Courtesy Dark Entries.

Sumergido en el ambiente de experimentación de la costa oeste, Cowley combinó sus estudios musicales con su trabajo en los clubes más concurridos, donde conoció a Sylvester, una estrella local andrógina y de un timbre vocal extraordinario. De esta estrecha colaboración nacieron piezas fundamentales que encendieron las pistas, incluyendo la producción de sintetizadores en el álbum de 1978 de Sylvester y la posterior creación de éxitos de alcance internacional.

Paralelamente, en el año 1978, Cowley realizó una mezcla no oficial de la pieza electrónica de Donna Summer producida por Giorgio Moroder, “I Feel Love”, inyectándole un ritmo mecánico y envolvente que fascinó a los selectores nocturnos. Esta versión modificada recibió la autorización oficial para su distribución comercial masiva en 1982, estableciendo de manera definitiva el acta de nacimiento del Hi-NRG.

El impacto comercial y los templos del sonido Hi-NRG

La denominación formal del género se derivó directamente de una declaración pública de Donna Summer, quien al describir la naturaleza rítmica de su producción electrónica de 1977, mencionó que el tema poseía una vibración de alta energía. A partir de ese momento, el término se estilizó para identificar a toda la música de baile acelerada. Con el paso de los años ochenta, el movimiento trascendió los circuitos alternativos americanos.

En el Reino Unido, publicaciones especializadas comenzaron a difundir listas semanales dedicadas en exclusiva a registrar el éxito del Hi-NRG, permitiendo que productores británicos como el equipo de Stock Aitken Waterman pulieran comercialmente la fórmula a través de agrupaciones de enorme arrastre popular. Sin duda, el principal tema con el sonido Hi-NRG bajo la producción de SAW es “You Spin Me Round (Like a Record)”, de Dead or Alive.

Mientras tanto, en Londres, el disc jockey residente del club Heaven ayudó a popularizar la corriente en todo el territorio europeo mediante el catálogo de sellos independientes, colaborando con destacados artistas pop de la época. En la costa este americana, productores como Bobby Orlando desarrollaron líneas de bajo galopantes que se convirtieron en el sello distintivo de su discográfica, impulsando carreras artísticas memorables en la Gran Manzana.

Entre el talento a cargo de Bobby O, se encuentra The Flirts, grupo conceptual que contaba con un elenco rotativo de cantantes de sesión y modelos femeninas. Con esta agrupación, Orlando lanzó éxitos como “Passion”, “Danger”, “Helpless” y “Jukebox (Don’t Put Another Dime)”. Si bien muchas de las chicas eran solo modelos para el grupo, Andrea Del Conte, Rebecca Sullivan, Debra Gaynor, Tricia Wygal y Christina Criscione usaron sus voces reales. Actualmente, el grupo cuenta con un trío relativamente estable que se presenta en festivales de música de los 80 y otros lugares, principalmente en Estados Unidos, con algunas presentaciones internacionales.

Otro de los proyectos de Orlando fue la faceta en la música de Divine, personaje creado por el actor, cantante y drag queen estadounidense Harris Glenn Milstead. En 1982, el productor escribió varios sencillos de Hi-NRG para Divine, incluyendo “Native Love (Step By Step)”, “Shoot Your Shot” y “Love Reaction”. Más adelante, Divine alcanzó el éxito mundial con los sencillos “You Think You’re a Man” y “I’m So Beautiful”, producidos por Barry Evangeli y Stock Aitken & Waterman.

Sin embargo, la cúspide de este periodo hedonista se vio trágicamente ensombrecida a mediados de la década por la irrupción del VIH, una devastadora enfermedad que diezmó a las comunidades de los clubes y marcó el cierre paulatino de una era de libertad. Para el año 1990, la popularidad comercial del género fue sustituida por el ascenso del house y el techno, corrientes que paradójicamente asimilaron la herencia directa de las estructuras electrónicas ochenteras.

El rugido de las frecuencias analógicas en México

En México también se hizo Hi-NRG de talla internacional; tal es el caso de Click!, grupo compuesto por cuatro vocalistas femeninas, creado por el DJ mexicano Tony Barrera y los productores de música disco de renombre mundial Allan Coelho y Hernani Raposo en 1987. Tras la disolución de Tapps, Coelho fue el artífice del estilo musical de Click!, que las catapultó al éxito internacional hasta principios de los 90. Canciones como “Duri Duri (Baila Baila)” y “Americano”, gozaron de éxito no solo en México, sino que triunfaron hasta en Japón.

La resonancia del Hi-NRG encontró una de sus plataformas más fieles e impresionantes en el territorio mexicano, transformándose en un fenómeno social absoluto que alteró la cultura del entretenimiento urbano. En este contexto, el concepto de los colectivos sonideros de música electrónica comenzó a ganar adeptos en las zonas populares de la capital del país. El nombre de Polymarchs, fundado originalmente en el año 1975 por los hermanos Silva Barrera en Puerto Ángel, Oaxaca, se consolidó bajo el lema de la Máxima Autoridad Disco. Aprovechando sus conocimientos técnicos en ingeniería electromecánica, el colectivo diseñó elaborados montajes de audio y luminotecnia a gran escala que debutaron formalmente en el Deportivo Antonio Caso.

Polymarchs popularizó el género durante las décadas de los ochenta y noventa, encabezando eventos masivos en espacios de enorme relevancia histórica como el Palacio de los Deportes y años después el mismísimo Zócalo de la Ciudad de México. Bajo la conducción musical del joven Tony Barrera en las tornamesas, el colectivo no solo abarrotó recintos locales, sino que extendió su influencia mediante giras internacionales, compartiendo escenario con grandes agrupaciones extranjeras de la música de baile.

Por otra parte, la escena urbana presenció el surgimiento de Patrick Miller, la figura sonidera itinerante de Roberto Davesa. Iniciando sus presentaciones en el Club de Periodistas de la calle Filomeno Mata bajo el cobijo del Sonidero Meteoro, la destreza técnica de Miller para seleccionar y enlazar piezas electrónicas cautivó de inmediato a las multitudes. Su propuesta integró pantallas gigantes para proyectar videos musicales innovadores, acompañados de atmósferas densas de humo y luces.

Tras un receso forzado por la pérdida de sus equipos, el proyecto inauguró en 1995 su emblemática sede permanente en la calle Mérida de la colonia Roma. Convertido en un espacio de profunda inclusión, este recinto congrega cada viernes a miles de entusiastas que borran sus diferencias sociales en el calor de las ruedas de baile, demostrando que la energía de una era analógica sigue latiendo con fuerza absoluta en el presente.

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