¿Por qué en Japón llaman “mexicanos” a los cacahuates japoneses? ¿Acaso no son cacahuates japoneses? Hemos vivido engañados todo este tiempo.
Un viaje en el tiempo desde el corazón de La Merced
Existen sabores capaces de trasladarnos de inmediato a los momentos más puros de la infancia. El sonido crujiente al morder esa cobertura tostada, el toque justo de sal y el perfume inconfundible de la soya bastan para evocar las tardes de juego en la calle, las ferias de barrio y los festejos familiares. Sin embargo, detrás de este antojo cotidiano se esconde una paradoja gastronómica fascinante: aquello que durante generaciones hemos llamado cacahuates japoneses no proviene directamente del Lejano Oriente, sino que es una creación entrañable moldeada en las calles de la Ciudad de México.
En Japón, esta golosina tan apreciada en tierras aztecas suele ser catalogada de forma curiosa como botana mexicana. Esta revelación no resta mérito a su origen; al contrario, demuestra cómo el encuentro entre dos mundos culturales da lugar a creaciones únicas. Lejos de ser una receta milenaria traída intacta a través del océano, el origen de este manjar popular es el fruto directo de la perseverancia, la nostalgia y la riqueza culinaria del histórico barrio de La Merced.

La diferencia esencial entre el mamekashi y la versión nacional
Para comprender la raíz de esta delicia, resulta fundamental mirar hacia el catálogo tradicional de la confitería oriental. En Japón existe una botana conocida como mamekashi, la cual consiste en un surtido variado de semillas cubiertas por capas irregulares de harina, sazonadas con un toque entre dulce y picante junto a la infaltable salsa de soya. Su textura se aproxima más a la de los garapiñados tradicionales que al producto que conocemos en las dulcerías mexicanas.

El abrumador ingenio perfeccionado en los talleres familiares de la capital transformó ese concepto distante en algo completamente distinto. La versión mexicana envuelve el grano de maní en una capa uniforme elaborada con harina y melaza. Mediante el uso de la fuerza centrífuga en máquinas adaptadas, los granos giran continuamente hasta lograr una cubierta lisa y crujiente que posteriormente recibe un baño generoso de salsa de soya. El resultado es una botana de aroma irresistible y firmeza crujiente que conquistó el paladar nacional.
Yoshigei Nakatani y el camino hacia un nuevo hogar
La historia de este ícono gastronómico lleva el nombre y apellido de Yoshigei Nakatani, un hombre emprendedor que aprendió los secretos de la confitería artesanal en Sumoto, su pueblo natal ubicado en la prefectura de Hyogo, Japón. En 1932, a la temprana edad de 22 años, Yoshigei tomó la decisión de cruzar el Océano Pacífico a bordo de un barco para desembarcar en el puerto de Manzanillo. Antes de partir de su hogar, se despidió de su madre prometiéndole triunfar en tierras lejanas para poder reencontrarse con ella.

Nakatani llegó a México contratado por el empresario Heijiro Kato para laborar en El Nuevo Japón, un almacén de gran prestigio comparable a tiendas como Liverpool o El Palacio de Hierro. En esa época, Kato también operaba una fábrica de botones de concha nácar donde Nakatani y otros inmigrantes japoneses se instalaron a trabajar, fijando su residencia en las vivaces calles del centro histórico. Fue allí, en el dinámico barrio de La Merced, donde Yoshigei encontró el amor al conocer a la joven mexicana Emma Ávila, con quien unió su vida en matrimonio en 1935.

La adversidad de la guerra y la respuesta familiar
El destino de la familia Nakatani dio un giro drástico en diciembre de 1941 a causa del estallido del conflicto bélico entre Japón y los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Las tensiones internacionales empujaron al gobierno mexicano a ordenar la concentración de las comunidades niponas en las ciudades de México y Guadalajara. Los negocios de Kato fueron clausurados al ser catalogado por las autoridades como espía del imperio japonés, derivando en el canje de diplomáticos y empresarios en 1942.
Quedando en el desempleo y con una familia creciente por alimentar, Yoshigei y Emma se vieron en la necesidad imperiosa de buscar alternativas económicas. En un modesto cuarto de vecindad de la calle de Carretones, el matrimonio recurrió al oficio repostero de Nakatani para elaborar muéganos artesanales y una fritura de trigo aderezada con sal bautizada como oranda. Ambos productos obtuvieron un éxito inmediato entre los transeúntes del mercado, marcando el inicio de una próspera labor familiar.

El nacimiento de una botana legendaria en Carretones
Impulsado por la buena recepción de sus primeras golosinas, Yoshigei intentó recrear las botanas a base de cacahuate que recordaba de su infancia en Japón. Ante la falta de materia prima original en los mercados locales, adaptó de forma magistral la fórmula utilizando harina de trigo. La aceptación de los marchantes fue tan entusiasta que los herreros del barrio tuvieron que construir pequeñas máquinas artesanales para acelerar la producción.
El crecimiento fue tan acelerado que la familia organizaba sus jornadas por días: un día elaboraban muéganos, otro la oranda y otro los cacahuates japoneses. Fuera de la vivienda se formaban largas filas de compradores que acudían a buscar los famosos “cacahuates del japonés”. De esa voz popular nació el nombre con el que hoy identificamos a este alimento. Toda la estructura familiar sumaba esfuerzos en el taller: el hijo mayor, Carlos, ayudaba con las masas; Alicia se encargaba del hogar; las hijas menores, Graciela y Elvia, empaquetaban el producto en celofán; mientras Yoshigei y Emma preparaban las cargas más pesadas y salían a vender a las calles vecinas en un sencillo diablito de carga.

La consolidación de la marca Nipon y la imagen de la geisha

Durante la década de 1950, Yoshigei bautizó formalmente al negocio familiar con el nombre de Productos Nipón, rindiendo homenaje a su patria distante. Con el aumento en el volumen de ventas, el taller dio el paso hacia el empaquetado personalizado en bolsas de celofán. Para darle una identidad visual única, Nakatani pidió a su hija Elvia que ilustrara la silueta de una pequeña geisha, un trazo entrañable que se convirtió en la marca registrada de la empresa y en un símbolo grabado en el recuerdo de millones de consumidores.
Gracias a años de constante esfuerzo colectivo, la familia dejó la humilde vecindad de Carretones para trasladarse a un departamento cercano y, posteriormente, adquirir una casa propia. Hacia 1972, la empresa dio un salto cuantitativo hacia la industrialización bajo la dirección de los hijos de la pareja, mudándose a una moderna planta que amplió la distribución e introdujo variantes saladas y enchiladas en el mercado metropolitano.

Desafíos comerciales y un reencuentro emotivo
A pesar de haber creado una fórmula icónica, el señor Nakatani no patentó la invención del proceso, limitándose a registrar la marca. Esto permitió que con el paso de las décadas grandes consorcios alimentarios como Sabritas o Barcel replicaran el producto y acapararan la distribución masiva. Frente a las severas crisis económicas de los años ochenta y la competencia desigual, Nipon resistió bajo la batuta de los descendientes de Yoshigei, diversificándose con creaciones como el caramelo de chamoy. Años más tarde, en 2017, la marca fue absorbida por el grupo La Costeña e integrada a la línea Totis, mientras la tercera generación fundó Dulces Komiru.
A través del trabajo arduo y la honestidad, Yoshigei Nakatani pudo cumplir la promesa hecha en su juventud. En 1970 logró viajar de vuelta a su tierra natal en Japón; aunque no encontró con vida a su madre, acudió a su tumba a rendirle honores con el deber cumplido. El patriarca falleció el 9 de septiembre de 1992, seguido dos años después por su amada Emma, dejando tras de sí una familia unida que incluyó a destacados talentos de la cultura como el pintor Carlos Nakatani y el querido cantante Yoshio.

